Dec 26
El frío que lleva horas haciendo que las putas se arrepientan de haber salido a la calle. El frío que empaña las aguas del río frente a la plaza de la catedral, que hace esconderse a los gorriones. El frío que convierte las paradas de autobús en refugios de tormenta, que hace explotar en nieve las sucias gotas de lluvia, que congela los charcos de la plaza de Las Bernardas. El frío que levanta olas en los bajos de mi abrigo, en las tablas de tu falda, que aprieta el paso de los viandantes. El frío que amontona indigentes bajo los soportales, que los hace buscarse entre sueños, que convierte en mantas los cartones. El frío que endurece mi mirada. El frío que hace a tus manos buscar refugio en las mías. El frío que corta y resquebraja mis labios, que paraliza el beso en un suspiro, que une con vaho nuestros colores. El frío que intenta detener tu corazón que late al ritmo de mis pasos. El frío, ese frío, que quiere hacer que se vuelva tan inútil como el mío.

PD.- Me voy hasta el sábado. Salamanca. Vaughan. Sed buenos.

Sep 18
El hombre se sentía el hombre más feo del mundo. Veía a la gente que pasaba junto él tan bonita… Todo lo que le rodeaba, desde las flores nocturnas hasta las sillas en los caminos. Todo era tan bonito, que se sentía triste por sentirse el hombre más feo del mundo.
Un día supo leyendo un libro bonito que la gente bonita se miraba en espejos para poder compararse con los demás y saber cuán bonitos eran. Así que el hombre que se sentía el hombre más feo del mundo se compró un espejo bonito y se lo llevó a su casa bonita. Lo colgó en el salón y se miró en él. Y el hombre que se sentía el hombre más feo del mundo lloró de pena porque desde el espejo le miraba un hombre que era mucho más bonito que él.

Fdo. El hombre más viejo del mundo

Sed buenos.

May 16
Nunca he hecho esto. Siempre que subo aquí un cuento lo ha leído alguien a parte de mí antes. Esta vez, sin embargo, me ha parecido bien compartir con vosotros el último cuento que he escrito. La hora de publicación no hace sino demostrar que lo acabo de escribir. No os voy a pedir que hagáis de editores (aunque si alguno se anima), ni que me lo corrijáis ortográficamente (idem que lo anterior, cada corrección será bien atendida). Sólo voy a pediros una cosa: que lo leáis. Y si queréis, me digáis. Nada más. Se llama Zapatos.

Oigo sus tacones por la escalera. Y me pongo nervioso. Me siento como un perro faldero, alborotando, ladrando, arañando con las uñas el suelo del pasillo. A duras penas consigo mantenerme leyendo, sentado, o haciendo lo que sea que estuviera haciendo. Abre la puerta y saluda – Hola cariño -. Suelta las llaves en el taquillón de la entrada. Y lo hace. Contengo la respiración en los segundos de silencio. Me la imagino. Si cierro los ojos incluso puedo verla. Se está apoyando en la pared, a un palmo del marco de la puerta. Tras mis ojos la veo doblar la rodilla hacia atrás y agarrar el zapato por el talón. Sí, casi seguro es el pie izquierdo el primero en verse libre. Y entonces vuelve el sonido. El zapato, girado tras la breve caída, golpea el suelo. No hace demasiado ruido, sólo el justo. Suelto el aire contenido. Un segundo zapato que cae y el sonido de sus pasos descalzos por el pasillo: sinuoso, lascivo, si son medias lo que lleva, deslizante y suave con calcetines, carnal, caliente si es su piel la que deja huellas en el suelo.

Lo siguiente que hace es buscarme, siempre siguiendo el mismo orden: ver desde el pasillo si está cerrada la puerta del baño, asomarse a la cocina, detenerse en el umbral de la biblioteca, cruzar el salón hasta las habitaciones. Primero el despacho, la nuestra, la de invitados. La búsqueda casi nunca dura tanto. Suele acabar en la cocina o la biblioteca. Rara vez me encuentra en el despacho. Ella ya sabe que escribo por las mañanas, casi encerrado, escuchando una y otra vez un viejo disco de Massive Attack. Por las tardes leo, o guarreo en la cocina, hasta que ella llega.

Hoy estoy postreando en la cocina, así que cuando se asoma sonríe al verme manchado de harina cerrando la tapa del horno. Estamos a principios de junio, y el calor lleva varios días haciendo las noches insoportables. No lleva medias. Elige con cuidado dónde pisar para no mancharse y se acerca hasta mí. Apoya su cuerpo contra el mío, que se ha quedado paralizado, y de puntillas busca mis labios con los suyos. Noto su perfume, sus pechos apoyados en el mío, lo tenso que estoy… y la beso. Intento no tocarla con las manos. Algunas veces viene muy cariñosa y acabamos armando una buena. Hoy no, debe ser el calor, y tras unos breves segundos sale de la cocina en silencio. Y yo de pie, enharinado, con cara de bobo, en medio de una cocina sin tener ni idea de por dónde seguir viviendo. Ah sí, encender el horno.

Cuando salgo de la cocina veo los zapatos junto a la puerta. De tacón bajo, azules, uno yace de lado, el izquierdo, el primero que cayó, el otro parece haber logrado mantener la postura. Sofoco el incendio que me produce verlos y esquivo el impulso que me hace ir a por ellos. No, todavía no. Entro en el baño, me lavo las manos y la busco por la casa. En cuanto oye mis pasos comienza a hablarme: está en nuestra habitación. Me cuenta su día, me pregunta qué he hecho sin esperar respuesta, tararea por lo bajo. La casa lleva toda la tarde en un silencio gris que su voz está coloreando a martillazos. Sonrío más aún cuando la encuentro. Descalza, en sujetador y falda, resoplando por el calor, recogiéndose el pelo en un moño descuidado, de maruja que dice ella. Está preciosa. Alargo mis manos hacia ella, caminando como un zombi. Fija sus ojos en los míos, se calla, y me sonríe. Cuando la alcanzo suspira, yo tiemblo, sube el calor y se hace de noche.

El calor me levanta algo antes de que amanezca. La miro. La curva azul de su cuerpo, a mi derecha, es montaña infranqueable que me separa de la ventana. Con cuidado, casi sin hacer ruido, me bajo de la cama. Descalzo salgo del cuarto y pienso en si debo o no cerrar la puerta. No querría despertarla, pero tampoco quiero que se ase. Al final me decanto por ser silencioso.

La casa está en calma. Miro el despacho desde la puerta. El portátil está encendido, con la pantalla apagada. Alguna idea sobre la novela que escribo intenta desperezarse y venir a cuento. No me dejo liar, no es el momento. Espero acordarme por la mañana.

Disfrutando de cada paso llego hasta la cocina. Veo parpadear la luz del lavavajillas. Gracias a Dios ya ha acabado su programa. Hace un ruido infernal. No queda un solo rastro del desastre que había montado a media tarde. Tampoco de la cena. Parte del trato. Yo cocino, tú, mientras me pierdo en los devaneos que me suelen asaltar tras el postre, recoges la cocina. Tiene gracia cómo los pactos tácitos se perpetúan en el tiempo. Sin contratos, sin firmas, sin acuerdos. Sólo algo que un día pasa y se acepta, y entonces pasa al siguiente, y al siguiente. Queda muy feo llamarlo rutina. Mucho más bonito lo de los pactos tácitos: quién cocina, quién friega, quién plancha, cómo elegimos la película que ver, la obra de teatro, cuándo ver a mi madre, cuándo dejar que venga la tuya, lo de los zapatos… Lo de los zapatos. El pacto tácito más viejo. Antes aún que el yo cocino tú friegas.

Posiblemente cualquiera que me viera pensaría que soy un fetichista. Lo cierto es que hasta yo lo pienso de mí mismo en ocasiones. Por eso me he puesto a prueba muchas veces al respecto: fotos de Internet, catálogos, artículos, películas… y no, no soy un fetichista. Bueno, al menos no al uso.

Las primeras veces que nos vimos, en cuanto hubo la suficiente confianza, ella se descalzaba al llegar al coche. Yo me enfadaba, porque enseguida doblaba las piernas y escondía los pies en el asiento. –Siéntate bien, que como pegue un frenazo…-. Me miraba entonces con esos ojos que aún sigue teniendo y se sentaba muy recta, como una niña en el colegio. Y sonreía.

Por aquel entonces yo ya estaba más que informado de las penurias que según qué zapatos causan en los pies de las mujeres, así que lo vi más que natural. De ahí en adelante, cada gesto que fue haciendo me fue atrapando más y más.

La primera vez que fuimos a mi casa, en mi cuarto, escuchando música y dejándole leer algunos de mis cuentos, mientras leía, como si ni siquiera fuera consciente de ello, se descalzó y subió los pies a la cama, quedando sentada con las rodillas bajo la barbilla. Estaba tan guapa. Cuando se dio cuenta de que la miraba, bajó los ojos hacia los zapatos bajos de punta redonda abandonados en el suelo, se sonrojó y me miró. Recuerdo que pensé en decir algo, un no importa, o estás preciosa… pero su sonrojo, el brillo en su mirada… sonreí a mi vez y cambié la canción que sonaba.

Repito que no me considero un fetichista. Mucho menos un pervertido. Creo que he concentrado todo lo que concierne a su belleza, a su peculiar manera de hacer las cosas, como si lo hiciera todo por primera vez, en la manera en que se quita los zapatos, cuándo, cómo, por qué lo hace.

La primera noche en que llegamos a mi casa de madrugada, con fines puramente lascivos, le recordé por la escalera que mi madre dormía y que procurara no hacer ruido. Yo seguí subiendo la escalera, pero me volví al no oírla. Se me abrieron los ojos como platos. Apoyada en la barandilla, manteniendo el equilibrio a pesar de las copas de más, se soltaba la hebilla al tobillo de uno de sus zapatos negros de tacón. Una vez quitado, apoyó el pie descalzo en el escalón y se quitó el otro. Con los dos zapatos sujetos por los tacones, los pies descalzos muy juntos, me miró desde donde estaba y, sonriendo, se llevó un dedo a la boca como pidiendo silencio. El gesto me mató. Me dieron ganas de llorar. Verla subir las escaleras descalza, mirándome con cara de sé lo que vamos a hacer, es lo más bonito que me ha pasado en mi vida. A partir de ahí, cualquiera que lo intente puede entenderme.

Han pasado desde entonces muchas más cosas con su zapatos, sus pies, que podrían no haber pasado de simples detalles, pero que, tal y cómo habían ido sucediendo, no hacían sino sumar y agrandar la fiebre. Una tarde, por ejemplo, la fui a buscar a su casa para un plan sorpresa. Cuando la vi salir del portal, con una falda blanca por encima de la rodilla y unas sandalias negras de tacón me dieron ganas de decirle que se cambiara, pero no quería desvelar el plan, y me callé. Como no podía ser de otra forma, el paseo por todas las rosaledas importantes de Madrid, en el esplendor de mediados de mayo, le encantó. Los miles de besos que me pudo dar toda la tarde así lo atestiguan. Luego fuimos a mi casa a cenar. Sin embargo, según entramos por la puerta, el torrente de besos se desbordó, acabando la riada en un lío de sudor y cuerpos desnudos sobre mi cama. Cuando amainó la crecida, se levantó, desnuda, descalza, y fue al baño. Al despegar mi vista de sus piernas alejándose, reparé en las dos sandalias negras tiradas en el suelo. Evidentemente, dada la visita a parques y jardines, estaban llenas de polvo. Confiando en que no me viera, saqué de mi cómoda una de esas esponjas quita polvo para zapatos. Desnudo, sentado en la cama, froté rápidamente los zapatos hasta que quedaron más que aceptables. Para cuando ella volvió yo ya estaba tumbado de nuevo, y por mirarme no se fijó en los zapatos juntitos y limpios, de pie al lado de su bolso, en el suelo.

Si de este detalle, así como muchos otros, se dio cuenta alguna vez, nunca dio noticia de ello. No obstante, dada la situación actual, sería de tontos pensar que no lo sabe. Máxime cuando siempre se descalza según llega a casa, para encontrarse, por la mañana, los zapatos que se ha quitado en el pasillo de pie junto al armario del cuarto.

Ya digo que no es una perversión, no al menos más que muchos otros detalles que puedan excitar o llamar la atención a los integrantes de otras parejas: lencería, disfraces, exhibicionismo… es más bien un gesto, un símbolo, una ofrenda. La que ella me hace a mí cuando entra cada tarde por la puerta, se descalza, y viene hacia mí para, de puntillas, buscar mis labios con los suyos. Hasta encontrarlos.

Llego hasta la entrada y me agacho. Cojo los dos zapatos poniendo mi dedo índice en la curva que hace la suela con el inicio del tacón y los miro a la luz de la calle que entra por la ventana de la cocina. Están limpios. Despacio, con cuidado, vuelvo al cuarto y los coloco juntitos, de pie, al lado del armario. Procurando no despertarle me acuesto de nuevo junto a ella. Me da la espalda y respira muy despacio. Coloco mi mano sobre el remonte de su cadera. Está ardiendo. Siempre ha tenido la piel muy caliente. Muy despacio, muy suavemente, me acerco buscando encajar sus curvas en mi cuerpo. A los pocos segundos su calor se está transmitiendo a mi cuerpo. Esa temperatura casi febril basta para adormecerme, mecido además, como soy, por el perfume de su pelo. En un último esfuerzo beso su cuello y bajo deslizando mi mano de su cadera a sus piernas. Así, pegado a ella, me duermo, esperando soñar con verla subir descalza las escaleras que la llevan a mis besos.

Sed buenos