En un cajón que llevo atado justo entre las dos orejas llevo un mantel anudado en las cuatro esquinas con cuatro nudos como los que mantenían la calva de Juanito a salvo de la intemperie. Y en medio de la tela paquetes mal doblados de viandas que me llevo de camino. Por no entrar en detalles, diré que son cuentos que no caben en un libro, ganas de saltar a la playa con los pies por dentro de la ventana, frases cortas que se quedan a alargar nuestro suplicio y un destornillador por si las cosas se ponen feas. Nada de comida. Y todo comestible. Tragable. Aunque luego vengan las arcadas.
Gritarme no basta.