Tiene las patas enganchadas, enlodadas. Y aletea con todas sus fuerzas. Por momentos parece que levanta, que se libra, sale el sol y le seca las salpicaduras sobre las alas. Se parten los manchones, caen polvo de vuelta al barro. Pero la matriz está húmeda, tierna, herida, y aferra su presa, porque nada más le queda.
Tiene las patas enganchadas, enlodadas. Y aletea con todas sus fuerzas. Por momentos se vence, cede, es tragada. Se deja ir, porque no vale la pena. Por que es demasiado difícil. Porque es demasiada la pena. Cesa, y sale el sol, y se endurece la costra que la retiene, y se deja ir adentro, adonde duele, donde la tierra es tierna, y es húmeda, porque está herida. Y por eso aferra su presa, porque nada más le queda.
Tiene las patas enganchadas, enlodadas. Y canta una canción que sabe a niebla, que pide auxilio a las nubes pasajeras. Que habla de dolor, de resistencia. Que habla de volar de nuevo, batiendo al viento las alas llenas de sonrisas. Que habla de que sabe que si aletea fuerte, con todas sus fuerzas, saldrá del barro al fin, de vuelta a casa.
No puedo más. Cierro por derribo. Me voy a casa. Ya volveré.