Jan 23
Es que ya está bien…

Una señora, airándose (que no aireándose, pues empieza a dejarle marcas la bufanda en el cuello perlado ya de sudor), alterada, pegándole voces a la trabajadora del metro que, gracias a dios salvaguardada por el cristal, rellena un justificante de retraso.
El marido, o compañero, largo más que un domingo sin dinero, paraguas en mano, abrigo de paño azul soso como lamer un palillo, la contempla mitad estupefacto mitad extasiado. No tengo tiempo para recrearme pensando en el fulano atado a un somier de muelles puesto de pie, con los ojos vendados, mordaza y las pelotas atadas con una cuerdita, esperando que la doña airada en cuestión le meta el paraguas por el culo. Ya digo que gracias a dios no tengo tiempo.
La escena que contemplo se repite en un dejavù pastoso: la del metro que escribe, el del paraguas que contempla, la airada que repite, como si fuera a servir de alg: “es que ya está bien”

Tiene razón en lo de que ya está bien, al menos en parte, porque en dos semanas la línea cinco tres veces, la línea seis dos, y la nueve una vez (al rico atropello), han alegrado la mañana a más de medio millón de madrileñitos. Tiene razón, al menos en parte, porque venga a decir que el metro de madrid vuela, y a poner anuncios de embarazos, y luego los trenes de las líneas cinco o seis fueron dados a luz en el siglo XIV.

Pero como no venía yo a hablar de eso…

Venía a hablar del “es que ya está bien”. Je. Y me quejaba yo (en plan plañidera) de lo fútil que es o no mi blog. Pues anda que la frase de marras…
A la vuelta de cualquier esquina se lo encuentra uno. Vas a comprar el pan, y ¡zas! En toda la boca. El que se siente estafado por los tiempos, la que se indigna por la competencia desleal, el que responde a actuaciones comunes, la que desespera por la incompetencia ajena, el que se aflije, las víctimas usuales…

Casos habrá para ampararse en la desdicha cansada hecha verbo. Pero, en línea con lo dicho, y por no extenderme más (que esto ni cuenta de mí, ni es bello, ni es video) no abundaré en el asunto más allá de pedir que reflexionemos un segundo sobre, si alguna vez, decir “es que ya está bien” ha servido para que deje de estarlo.

Buen fin de semana. A mí me duele un oído.

ps.- ahora que releo… ¿merecía esto ser una mala lengua? Si es que sí, queridos lectores, decidlo, y lo rebautizo.
Jan 19
Sabe cuántos escalones hay desde el portal hasta el armario del baño. 101. Los segundos que tarda si el ascensor le espera abajo ya con la puerta abierta. 113. Siempre las escaleras, claro.
Hace un juego de piernas para subir de dos en dos, de tres en tres, de uno en uno. Ya hace tiempo que dejó de intentar cuadrarse las cuentas. En la puerta las llaves se le caen 3 veces al suelo, y la cerradura de seguridad le retrasa hasta la quinta vuelta. El olor le golpea tan fuerte que está a punto de perder las referencias. Pero el suelo le ayuda. Un damero, le dijo el constructor, es lo más elegante. La sonrisa frenética, descolorida, le avino sin preguntar a colocar baldosas con patrón de trama no definida. Gris jaspeado, dijo. También muy elegante. 317 recuadros grises en total. En L hasta el armario del baño, once saltos de caballo. Con la trayectoria más corta, y siendo justos, pudieran ser 38. Pero son 37, no hay duda. La prisa, esta vez, el sudor que casi le llega a los ojos. El caballo es lo más rápido. El caballo, le dijo, son cuatro escaques. La mirada convenció antes que la explicación: es un falso par, a nadie se le parece. O tres por el avance, o cinco por la sensación. No puede ser cuatro. El armario por fin. La puerta. Las 13 cajas. Y en cada caja 23 comprimidos. En la farmacia ya lo saben, y tiran la pastilla 24 antes de leer el código de barras. Coge la caja, la abre. Saca la pastilla y se la traga sin agua. Sabe que no es posible, pero nota frescor en la frente, el sudor que para. Saca tres pastillas más y las arroja al inodoro. Guarda de nuevo la caja. En el armario. Y respira. Un minuto para las once.
Uno.
Jan 16
Joder. Otra vez lo mismo. Vengo pensando en explicaros lo de las pegatinas de aquí a la izquierda (derecha del texto, visto por el propio texto) y me sucede en el metro algo que hacer que se me vaya, como en el caso de la niebla, la inspiración a tomar por culo.

Línea 5. Diecisiete millones de personas en mi vagón (nada mejor para sentirse querido, sobre todo si eres tía y llevas falda y/o tienes las tetas gordas: te van a proporcionar un cariño…). Y una mujer sostiene ante sí, con la pajita mirando al techo, uno de esos minibricks de zumo (don simón para más señas: qué vinazo). Y claro, me sonrío. Ayuda, desde luego, el estado medio cómico en el que me hallo en el metro desde que ando leyendo Un Trabajo Muy Sucio, pero vamos, que yo desde siempre he sido también bastante mamarracho.

Pues el caso es que veo a la mujer canija (eso no lo he dicho, era canija) sosteniendo el zumito delante de ella, y no puedo evitar desear con todas mis fuerzas que en la siguiente parada, con el arreón de gente que desconoce la rigurosidad de según qué leyes de la física, algún gordo misericordioso aplaste su espalda invidente contra el artefacto expulsor, y convierta todo en un jolgorio de piña y uva (que no sea de melocotón, por dios, que no sea de melocotón), un manar incesante de líquido pardo-claro, bajo cuyo chorro exultante comiencen a desnudarse y bailar los sudamericanos de metro treinta, los encorbatados sudorosos (hoy no, hoy me libro), las madres que amamparan (qué bonito, como amamantan, pero con abrigo y cara de mala hostia) a sus pequeños hijos, las estudiantes de biología que leen libros coñazo (menos mal), los que se empeñan en leer El Mundo a página abierta (coño, cómprate el ABC, que amén de ser más pequeño, viene con grapa) y todos los jodidos lectores de Crepúsculo, El Clan del Oso Cavernario, Ángel Ruiz Zafón, Catherine Neville (3 libros: uno muy bueno, uno muy malo, uno no sé: todal, un tercio de probabilidades), Un mundo sin fin (o como se llame la jodida segunda parte) y, desde luego, los escasos pero siempre queridos adoradores de Dan Brown (angelitos).
Todos piel, zumo, billetes de metro, periódicos de metro. La masa primigenia. Y yo, claro, con la ceja izquierda levantada.

No ha pasado, así que he seguido leyendo.

Pd.- Y para qué voy a explicar lo de las pegatinas de aquí a la izquierda (derecha del texto, visto por el propio texto), si con hacer click lo descubrís vosotros mismos. Ale

Jan 14
Así no se puede.

Salgo a la calle y empiezo a divagar sobre el baile de las motas de agua frente a los faros de los coches, la inconsistencia de los contornos, lo complicado que es hablar de la niebla porque tras Unamuno a ver quién le pone título a la cosa… En el metro juego con la idea mientras leo (lo cual da una idea de la exigencia de mi lectura), ver cómo lo afronto, como lo cierro… y zas. La copia española (por el grosor de las arrugas, Soria) de Mao Tse Dung (o como cojones se escriba).
Y claro, a tomar por culo las nieblas, los faros y Unamuno (es un decir, vuecencia me perdone). Porque con el doble de Mao uno se pone a pensar que:

- La jodida frase de MadreGilda (otra de dobles) era “Ni mus ni hostias. Envido, envido y si hay pares tres. Que a tiros gané la guerra y a tiros vais a tener que echarme” (pensad en Echanove poniendo voz de pito con bigote fino – para otro día la reflexión sobre el tema bigotes)

- ¿Qué coño sabe la gente de Mao? Porque si para algunos fue otra dosis más de decepción comunista, para mi madre no pasa de ser un chinito simpático que sale en los cuadros y es de izquierdas como ella, y, para muchas niñas monas será el tío que le puso nombre al cuello de chaqueta ese redondito cerrado, tan mono. Dejo fuera de mi análisis a los logsianos que no son niñas monas.

Y oye mira, post al canto.

Ala, sed buenos. Y dejad a Unamuno y Mao en paz, que mucho tienen con lo suyo (con lo de estar muerto, digo).

Jan 13
Hielo que ayer fue nieve formando rocas de rigor confuso que cubren las baldosas ayer felices con sus nuevos ropajes. Un aire frágil, fino más aún cuando nos roza de canto, se empeña en almorzarse nuestras ganas de quietud, mas a cambio deja en la patena un rubor que arranca sonrisas en ajenos, pues evoca un corazón que aviva el fuego como sana competencia. Dedos que ya son ramas, que articulan como pueden, que se esconden. Y un infierno calmo, tranquilo, esperándonos tras las cancelas.
Es invierno, todavía.