Dec 22
La cosa va de apuñalarse las pestañas con un folio enrollado, como si fuera mejor clavar que serrarse el ánimo con los bordes. Así, tenso, estirado. Y cuando se te caen los ojos al suelo y ruedan por el linóleo, te das cuenta de que no tiene nada que ver. Que la mierda a ras tiene la misma pinta que tú. Y de nada sirve mandarlos de una patada al salón.
La cosa va de no volver nunca a cometer los mismos errores. O cometerlos, pero sin miseria, sino altanería. Orgulloso. Va de recoger los ojos del suelo y metértelos en el bolsillo. Sin soplarlos ni nada. Y la cabeza alta, mirando al sol como si no doliera. Como si no tuvieras ojos que lloren. En el bolsillo.
La cosa va de tirar hacia delante. Hacia atrás sólo se empuja.
La cosa va de ir tirando. El corazón por la ventana.
Dec 19
Dejas atrás seis horas de noche, un millón de copas, cigarrillos. Voces que gritan, que nacen tan cerca que están dentro de tu oído. Alguna dice que no puedes coger el coche así. Las demás no son apenas conscientes del rumbo, como para pedirles consideraciones generales. Soluciones. Duerme conmigo. Coge un taxi. Duerme conmigo… Si tan sólo fueras capaz de dormir contigo… solidaridad de no compartir los desvelos con ajenos. Coge un taxi. Cuarenta pavos más en el desgarro de bolsillo que pasas por noche.
Así que dejas atrás seis horas de noche, que te persigue al alcanzar el vértice de cada curva. Y al destapar la última… ¡TACHÁN! ¡le lièvre! Un jodido conejo quito, helado, de sal, que te mira desde su ancla de asfalto y pelusa en medio de la carretera. Aún te quedan reflejos debajo de toda la mierda. Y echas los ochenta kilos, el millón de copas, cigarrillos, y voces, las cien mil noches sin dormir, encima del pedal que salve al bicho, y a ti, que nunca se sabe.
Tras doce metros de meneo (sin hielo ni nieve ni agua ni arena, gracias a Dios, el puto conejo) te quedan dos para los 14 que acababan tu paragolpes manchado de sangre y felpa.Tú le miras. Sus ojos negros, parados, vacíos si te fijas bien, te miran. Tú respiras. Su puta madre. Casi no lo contamos conejito. Entonces el conejo parece moverse. Abre su boca de una manera extraña. Extraña no. Mucho. Más y más. Un gran pozo negro creciendo delante de tu coche; se lo va tragar entero, y a ti con él. Jodido conejo
Dec 18
El frío se ha unido al baile. Y por eso las manos ya no buscan una grieta, un resquicio. Se cansan de topar en revuelo de bufandas de esconder cuellos que serían buscados. Que serían la primera presa fácil del deseo. Pero la piel no encuentra camino de concordia, y no basta el roce de las telas que inunda los oídos, que cubre el sonido de la calle. Sólo los labios, que sacian pero no parecen suficientes. Sólo los dedos que sí pudieron escapar de sus guantes.
El escalón de la acera, el ademán torcido, el continuo batir de hombros. Las caras girando, soñando que un día recuerden, cuando la ropa no estorbe, aquella primera vez en que buscando el tacto encontraron tan sólo la catapulta del deseo.
Pero por ahora sólo están ellos, diez mil capas de ropa, dos millones de besos, y el frío, que se ha unido al baile. Y el placer de los besos de invierno.
Dec 17
¿Sabes cuando llegas a casa y te sorprendes de lo despacio que has subido la escalera, y te quitas la camisa manchada de sangre mientras avanzas por el pasillo, y te detienes con el torso desnudo y el trapo en las manos sin saber muy bien por dónde tirar, y entonces te desnudas del todo, algo más despacio de lo que parece normal, y te diriges a la ducha, y dejas que el agua caiga sobre ti sin esperar a que se caliente, y bebes de los chorros que escapan de tu pelo, y te tocas los ojos, los brazos, como confirmando que sigues ahí, y cuando sales dejas un rastro de agua hasta el sofá en el salón, y te sientas con la cabeza entre las manos y piensas qué he hecho? Pues eso.
Dec 16
Lo sabe. Se levanta y mueve como un autómata. Dos horas para salir. El desayuno breve. Ejercicio. Respirando bien. Si no hace frío baja. Sabe como le miran los otros pobres fondones que pasan a su lado corriendo. Claro que lo sabe.
La ducha. Las cremas. El secador. El maquillaje. Todo el rato pensando en la ropa. Porque es quizá lo más importante. Lo sabe.
Lo sabe de siempre. Sus ojos verdes, su pelo tan oscuro, siempre dando fruto. Cuando nota que el profesor calvo, sudoroso, le mira el escote de trece años sabe que la cosa va ir para largo. Aún le dura, y hará lo posible para que siga durando.
Lo sabe al notar el ardor en sus piernas, cuando la vista del encorbatado que aprendió doce trucos de entrevistador empieza a perder el hilo de su estrategia enredado en el hilo de la malla de nylon.
Lo sabe cuando entra y las caras se vuelven, cuando la recorren, cuando la miran. Cuando se acercan. Cuando hacen lo que quiere.
Sabe qué es, de qué depende, qué es de ayuda, qué no hacer. Lo sabe. Y cada mañana elige con cuidado la ropa que la cubre (de noche apenas) para salir a la calle a hacer uso de lo que sabe.
Y sabe, aunque para eso no quiera mirarse, que la mentira le queda mucho mejor que los tacones.
Dec 12
Con faldas y a lo loco

Decido no llevar libro en la mano para que luego no me estorbe en periplos vespertinos (lo de que los libros estorben o no lo dejamos para otro día, y para otro piso que no sea el mío) y abuso de mi condición de homo erectus para leerme el periódico de mis vecinos de metro.

Y topo con esto.

Ya sé que los que me conozcáis sonreiréis con malicia. Porque siempre he sido yo más de falda que de pantalón (no considero aberraciones intermedias, tales como la falda-pantalón o los pantalones tipo McHammer: herejes). Por aquello de la belleza, de la lascivia, del desplante, del control femenino ejercido, de mil gilipolleces, supongo, difíciles de entender más allá de mi mente calenturienta. Sea que podríamos discutir a fondo sobre el asunto, arrojándonos a argumentos tales como la libertad de la mujer, la comodidad, la moral judeo cristiana, Cocó Channel, la Ley de Igualdad, su pardo Ministerio, la sotana y el kilt, los disfraces de enfermera cachonda, los uniformes de los colegios recogidos para mostrar muslamen, o si al coño de la Bernarda le asoman o no los pelos bajo la minifalda. Pero no lo vamos a hacer.

Lo vamos, de hecho, a dejar para otro día, pero sí me gustaría, ya que el blog es mío y vosotros lo leéis porque os da la gana, decir unas pocas de cosas:

Que a mi me gustan las minifaldas. Me quedan francamente bien,
Que las faldas largas tipo hippie murieron con la Kelly Familie (menos mal).
Que las faldas despiertan en los caballeros sus mejores deseos. Y me importa un huevo (de los que a mí no, pero a un amigo sí le asoman por debajo de la faldita) la razón que lo justifique.
Que Jack Lemmon tenía mejores piernas que Tony Curtis.

Y que yo soy Ángel Serrano, y esto es, de nuevo, La Mala Lengua.

Dec 1

Así de pie parecía un demonio negro de ira. Hubo dos segundos completos, largos, de quietud, y entonces movió una mano como si estuviera todo hecho de miel, hasta apoyarla en la pared cercana. Nada pasó durante otro segundo más. Y entonces una tos solitaria le manchó los labios de rojo, y le medio descolgó del soporte de orgullo que siempre le había mantenido tieso, eterno. Los ojos abandonaron su renuncio de sorpresa para brillar con una rabia vieja y nueva a la vez. La rabia de toda la vida, y la rabia nueva, estrenada con fastos de fuego en el pecho. Una ligera convulsión quiso venirse en paso, pero la mano crispada clavó uñas en el yeso para no caer todavía. Y mientras siguió mirándola. No creyéndoselo. El arma en su mano suave, tierna, las lágrimas en sus ojos grandes, que siempre le miraron desde el lago bajo y cálido del control aceptado. O del terror merecido. Alargó el brazo libre, pero detuvo el movimiento a medio compás. Una nueva tos lanzó gotas de oprobio justo entre los dos. Y se las quedó mirando. Por fin bajaba la cabeza. Las rodillas comenzaron a temblarle, y la garra comenzó a resbalar en la pared. Sin transición de pronto estaba en el suelo. Sin postura, sin intento. Rendido boca arriba, perdiendo la batalla entre respirar y ahogarse en la sangre que llenaba esta vez su boca. Tosió de nuevo, y callado, por fin callado, quedó quieto, tranquilo. Ella dio dos pasos largos como ríos. Con el primero adelantó al miedo por lo sucedido, a la tensión de todo lo previo, a los nervios. Con el segundo pasó corriendo junto a las gotas de sangre, junto a la pared del pasillo, justo al lado de su vida. Y le miró seco, desde arriba. Y lloró, como había soñado tantas veces que haría. La sorpresa, la emoción se fueron con la adrenalina. Y quedó de pie, como un ángel blando de miedo, contemplando, el fin, el todo, él, un principio, desde lo alto de su frente.

Es que hoy sí es lunes.