Nov 28
Siempre he sido un vanidoso. De hecho, todos esos lindos y breves adjetivos que empiezan por ego me han sido y son de aplicación en algún momento concreto.
Es por eso que no me extraño cuando me pienso mejor que muchos escritores que escriben sus libritos y plantan su foto en las contraportadas. Siempre tengo al excusa fácil de decir que lo que me pasa a mí es que el talento no me da para libros, pero en corto…
Quizá es por eso que leo tanto libro de relatos. Por aprender, desde luego, pero también por comparar. Y a santo de ello… pues Borges, Kafka, Poe, Cortázar, Shaw, Bolaño, Gaiman… y alguno más (muchos en verdad, pero no tantos). Pero otros en cambio me parecen no asequibles o realizables, me parecen muy superables.
Ya sé que es una patraña mía. Porque supongo que cualquier editor vampiro que se leyera diez líneas mías dejaría apenas diez palabras sin marcar en rojo. Pero oye, de ilusión… y vanidades vive el hombre.
Hay veces, sin embargo, en que la comparación, siempre presente aunque no se quiera, se vuelve contra mí, me abofetea el rostro y me saca la vergüenza a tirones por entre el cuello de la camisa. Ya digo, Borges siempre. Gala sólo en corto. Y, sobre todo, éste.
Hace mucho que lo leí, prestado de biblioteca. El libro digo. La columna, como recordarán mis coetáneos de BUP, a diario. De hecho, desde aquí me despedí cuando se fue. Ayer en el metro me lo encontré pegado en la pared. Me avergonzó mucho más que cuando pequeño, porque ahora me creo mejor. Aquí lo dejo. Ganas dan de no escribir más cuentos tristes.

Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más.
Mortal y rosa“, (1975) Francisco Umbral