Se vierten lágrimas que sólo buscan en su caída paliar un dolor no deseado, pero nacido al amparo de las decisiones sostenidas. Los cuerpos que se distancian por litros de aire insalvable. Y veinte dedos de manos que no saben muy bien cómo ponerse. Se dicen entonces palabras que sólo intentan achicar el agua, que no se sabe de dónde proceden. Porque los verbos duelen, emponzoñan, revisten, cuando lo que subyace es tan cálido que su sólo recuerdo avergüenza la afrenta. Por eso los cuentos son lo de menos. Por eso esta vez no he dado a luz dos folios de amargura. Porque esta vez no hay sólo escena, porque no hay final… Hay querer. Querer, es lo que importa. Y yo quiero.
A mitad del aleteo el viento cambia de sentido, que no de dirección, y todo suena más oscuro, y se hace más difícil. Entonces de las nubes que se afilan por los aires surgen voces que reparan los huecos de las plumas perdidas, que empujan, que confían, que recuerdan lo importante de la lucha, del seguir batiendo alas, de no dejarse mecer, bailar, por los vientos que me nombren. Y entonces sí se puede avanzar de nuevo, sabiendo que al final del mar, donde da la vuelta el horizonte, hay luz, de estrellas caídas.
Pues lo cierto es que no gusto de emponzoñar con mis malos lametazos los diarios de las semanas cortas, por cuanto sé que en el próximo puente madrileño, para el que lo tenga, no vendréis (esperemos que sea porque estáis apurando las bondades de la fiesta del patrón, si es que no nos cae la de cuando enterraron a Zafra). No obstante algún anónimo aplicado me dejó enlazada a la anterior mala lengua una ponencia del famoso (para todos aquellos frikis de lo del canon, o las redes peer to peer, o para los que veíais Noche Sin Tregua) David Bravo. No quiero yo plancharos su contenido, porque no le he pedido permiso al caballero (gracia fina al hilo del tema), pero sí voy a deciros dos cosas de las que ya le he oído a él, y a otros. Sobre que lo de piratería es un término acuñado con mucha gracia, porque permite ponerle nombre a la cosa, sin definirla, por tanto que delito sólo hay cuando hay ánimo de lucro. Que los tipos graciosos de la SGAE (encabezados por Teddy Bautista, completamente caído en desgracia para mí desde que se autoadjudicó a Judas en la versión de Jesucristo Superstar en la que actuaba Camilo Sesto: qué destrozo de personaje que hizo el cabronazo del tío Teddy) dicen en su web cosas como por ejemplo que es obvio que cada disco que se descarga de internet es un disco menos que se vende (claro, yo me hubiera comprado la discografía entera del canto del loco, esa que uso para los campamentos). En fin, que como para estos menesteres es mejor su mala lengua que la mía, os dejo un enlace y ya vosotros, si os apetece, vais siguiendo las rutas internas del youtube. Evidentemente, por las cosas que dice, por el tema del que habla, que no es p2p… yo he elegido para empezar… este:
Sed buenos, anda.
Ah, y por si alguno se ve la entrevista completa que pongo… yo sí soy un vampiro. Un ventrue, claro. Y de pequeño tuve un husky. Por si…
Nervioso el baile, merced del ansia, de la espera, del saber la venida de lo querido. Agitado el ritmo, presa de la cólera, de la histeria, de soberbia. Calmado el paso, seguro en la calma de lo conseguido, de la satisfacción, de lo quedo. Caído el gesto, razón en sí mismo de la tristeza, del continuo agotamiento, del abandono. Ausente el porte, perdida la mirada, colgada del hilo torpe de los sueños vendidos.
Nos movemos todos, cada uno, sin disculpa, sin acierto. Somos todos muñecos, o briznas mejor, mecidas por el tibio aire de los sentimientos.
Escucha. Andaba yo de paseo por los youtubes… cuando topé con esto. Y el caso es que ya barruntaba yo, aun antes del inicio de la era compact, que la mala legua siguiente versaría, nunca mejor dicho, sobre la música. Porque me hinché a tocar la batería en locales de ensayo de Madrid, escuchando por los pasillos, rumbo al baño, o rumbo al local, o sin rumbo, músicas atenuadas fluyendo de las supuestamente insonorizadas puertas vecinas. Músicas y músicos de todos tipos. Algunos malos, como yo, empezando, aprendiendo, esforzándose… Otros no. No malos, sino buenos. Muy buenos. Dando en su estilo, ése que nos solemos ver incapaces de describir o comparar, lo mejor posible. Haciendo grande a su instrumento. Haciendo grande la música. Recuerdo a los pirados de LaFear, haciendo temblar la planta baja. O a los Blaze, o a la Caseta del Perro… a Mi Venerable Gato. Del que salió mi primer profesor de batería, además de amigo. Porque el segundo… Héctor… no salió nunca. De la casa humilde en la que me enseñó los seisillos, de la casa humilde en la que guardaba vídeos de grandes maestros, de la casa humilde en la que colgaban fotos suyas haciendo vibrar una enorme batería negra, de la casa humilde en la que se moría el mayor arte que ví jamás asiendo unas baquetas. Por eso es que odio con fuerza a tantos otros que sin duda no lo merecen. A los músicos mediocres que triunfan porque su padre compra 30.000 ejemplares de su primer disco, a los que posan y alardean de una música que sí que es de palo, y no su jarabe, de nenas que llegan apenas limpiándose el semen de productor que les resbala por las comisuras de los labios. Esos productores, o promotores, o malhechores, que enturbian algo que jamás debió ser industria, que se agarran con sus cortas uñas pulidas a algo que construyeron uñas largas y negras de punteo, que hablan en micrófonos otrora pensados para más dignos fines, queriendo convencernos de lo malos que son los piratas. Calificativo, por otro lado, justo y al pelo. Porque aquellos malvados piratas robaban el oro de nuestro galeones. Nunca recordamos, sin embargo… de dónde salía ese oro. La piratería es delito. La estafa, la usura, mucho más. La avaricia y el hurto… son pecado. De los que no Dios, sino el hombre, no perdona. Larga vida al Barón Rojo. Muerte a los falsos profetas. Mi lengua dixit.