Uno entrega la suerte por las palabras, pierde la vida en los equívocos, sale derrotado en detalles que nunca tuvieron intención de batalla. Y se siente triste, roto, asolado. Cree que podía haberlo previsto, para evitarlo. Pero los sucesos nos acechan tras los arbustos, en las esquinas. Y entonces salen de golpe, se agrupan, se convierten en razones que apoyen razones aún mayores, razones que sí se preveían.
Y entonces uno deja caer la mirada, la cabeza, la sonrisa, y esconde la miseria bajo una alfombra de 24 líneas por 28 caracteres. Ni para un metro cuadrado.
Y esta vez, para variar, no llora. Para qué, si nunca nadie logra ver las lágrimas.
Y entonces uno deja caer la mirada, la cabeza, la sonrisa, y esconde la miseria bajo una alfombra de 24 líneas por 28 caracteres. Ni para un metro cuadrado.
Y esta vez, para variar, no llora. Para qué, si nunca nadie logra ver las lágrimas.
Ni para ser bueno vale uno.