Por venir de la mano de un suspiro buscando una idea que justifique mis palabras, me tropiezo con la nada y maúllo porque olvido mi siseo. Oigo de lejos tambores de despecho que recuerdan un tiempo diferente, siento risas que se clavan en mi ego cuando alzo la voz, ya sin ideas, también sin palabras. Mi canto asciende y se confunde con un cielo más triste y gris a cada instante. Notas que se alejan con la brisa, almas que se pierden con las notas. ¿Qué pena lloras tú? me dijo la canción. De qué me sirve a mi, le respondí en sollozos, la canción si no siento nada hermoso. Y caminando, tirando de mi canto que es cometa llego y me abrazo al rumor de las olas que rompen en la playa de mis noches en vela. Algunas sólo hacen coro, otras desafinan con melodías, éstas sí, cargadas de palabras. Algunas, las menos, me escupen a la cara espuma sucia de piropos vertidos al albur del desparpajo que acostumbro. Sin oír ya más que mi propia tonada enloquecida entro al mar y me dejo alzar con las olas, que me mecen, me perdonan, me comprenden, afinan mi canto y me susurran, me cogen de la mano y me invitan, una vez más, como siempre, a dejarme llevar por su baile, que es mi sueño, que es un vals… que viene y va, que viene y va.
Sed buenos, y que Silvio me perdone de nuevo la osadía.