Apr 20
Dar vueltas y vueltas, notando cómo se le escapa a uno entre los dedos algo que podría ser el sueño, o el cordón que descorre la cortina dejando entrar la luz que ahogue la pesadilla. Pasan las horas, las noches. Las ideas pasan. Tal vez, como son muchas, corren y pelean por obtener la atención que creen que merecen. Esa atención que la actividad, o tú, o todos, le han restado durante el día. Llegan, tiran de mis ojos hacia delante pidiendo que su soliloquio exacervado sea por fin escuchado. Del tirón, ni cerrarlos me salva de ver formas extrañas, danzantes. La deshora se abraza con el desquicie e impulsan el rotor que me hace arrugar, apretar, morder, sudar, las sábanas que me amortajan. Tras las horas empiezo a pensar que me estoy volviendo loco. Tras las noches que es justo lo contrario, que vuelvo de ser loco y mis ojos, mi cabeza, no resiten la transición a la cordura. Y sigo despierto. Tal vez tan sólo sea que ya nada, todo, es demasiado. Que pese a lo que uno pueda presumir, no soy lo suficientemente… algo, para soportarlo todo. Es sostener en las manos quince naipes que te permiten jugar a mil juegos de mesa distintos, sintiendo que es tu turno, y no saber qué decir, o qué carta arrojar al tapete. O tal vez que no las cosas, las ideas, las personas, sino yo, sólo yo, soy el que es demasiado. Lo que sea.
Tanto más da, porque pasan las horas, y lloro, sofoco un grito, me revuelco, me desquicio… y tengo miedo. Miedo porque sigo despierto.
Miedo ahora, el que me da volver a acostarme.